Interior bruto

Blanco y negro, Otro maldito texto

Elizabeth BN-75

Se llama Javi y acaba de levantarse a por la segunda ronda de cervezas. Es mi cita del sábado por la tarde. Miradle. El chico majo, majísimo y leído, muy leído. Ha visto cine, ha escuchado música. Política, religión, viajes. Soso, aburrido. Abogado, un par de años mayor que yo, sonríe. Por los nervios, creo. Yo le miro desde el otro lado de la cerveza y de las ganas de todo esto. Él está bien, normal. Guapo, en forma y huele muy bien. Quizá Paco Rabanne.

La miserable historia de Paula Baldominos

Art Noir

 

Esta es la miserable historia de Paula Baldominos y a nadie le molestará que yo la cuente. Fue la cuarta de cinco hermanos, pero de su infancia apenas se sabe nada, eran pocas las anécdotas o detalles que compartía. Natural de un pueblo de Cuenca, nació antes de 1936 y su vida quedó marcada por la carencia. Acabó la guerra, pero nadie la avisó. Vivió ya siempre como en alerta, rodeada de un espíritu de pesadumbre y pobreza interior que su familia no acertó a comprender.

En algún punto incierto de la década de 1940 conoció al que sería el amor de su vida, Argimiro Lozano, y juntos construyeron una casa en el Pozo de Guadalajara, una casa extraña y desangelada que moldearía y decoraría acorde con su forma de ser: sobria y oscura. El papel pintado de los pasillos, de color marrón triste, ya olía a viejo al día siguiente de ponerlo. La luz parecía esquivar aquel intento de viviendo en mitad de la nada y sus grandes y opacas cortinas verdes prohibían lo que ocurría en el exterior.

Medio Rivotril

Una serie de insignificantes detalles

Aquella noche Paula no podría dormir. Lo supo desde las cinco de la tarde y a las dos de la mañana ya era una evidencia. Miraba al techo y veía solo una estúpida lámpara de Ikea que cumplía su función, pero tenía cierto trasfondo perverso. Con la luz encendida y una novela malograda en la mesilla, fingía estar tumbada en la cama, pero no era verdad: estaba repartida por todo el espacio del dormitorio al mismo tiempo.

Quedaban seis horas y cuarenta y cinco minutos para entrar a quirófano y su mente pasó un rato entretenida en buscar posibles excusas: podría comprar un billete de avión cualquiera y desaparecer unos días en Cagliari; o pinchar las ruedas de su Clio y no presentarse en la clínica. O toser con descaro en la consulta y decir que había tenido fiebre para forzar una cuarentena. El maldito sentido común se ocupó de desechar todas las ideas.

Sin usura

Una serie de insignificantes detalles

Se les queda el amor pequeño
para todo lo que les ha crecido
por dentro.

Necesitan
flores más grandes,
besos más largos,
días más brillantes.

Él y sus gafas,
ella y sus faldas.

¿Habrá otro idioma
que diga mejor
lo tanto y lo mucho
que yo te quiero?

Y prueban las canciones.
Y prueban los poemas.
Y prueban el sexo.
Pero de nada sirven,
“me temo”.

Se quedan tristes los dos.

Con el pasar de los años entienden que,
cuando mueran,
y el tiempo ya no vuelva,
tampoco sus ciudades,
ni ninguno de los recuerdos,
no habrá existido verbo
que dé nombre
a lo que ellos dos tuvieron.

Y no grité

Sin categoría

Y no grité,
todos esperaban que gritara
y no grité.
Ni lloré.
El llanto no llegó.

La tragedia se notaba en los detalles:
la música se paró de pronto,
(la vida siguió de pronto),
ya nadie llamaba al gato,
el teléfono sonaba y sonaba
porque nadie quería responder,
el mismo moño cada día,
el mismo silencio todos los días,
se apagaron las sonrisas en los marcos,
en el buzón tan solo las facturas del mes.

Y no lloré.
Y no grité.

Yo hoy no te quiero

Cuaderno de pensar, Una serie de insignificantes detalles

Yo hoy no te quiero. Y mientras no te quiero, limpio la cocina y busco un trabajo nuevo. Y riego las plantas y barro bajo la cama. No te quiero y escucho música, aunque esquive ciertas canciones. Al tiempo que no te escribo (porque no quiero) llamo a mi abuela y hablamos un rato de más. Es ella quien cuelga.

Y le cambio la arena al gato y cepillo al gato y hago fotos al gato.

Después cocino, pero sin quererte. Troceo cebolla y lloro un poco, pero por los vapores. Luego elijo una película que jamás veremos juntos y que no pienso en ver contigo. Y la veo sin pensar en ti. Ni siquiera cuando el chico dice “eres todo lo que quiero en mi vida”. Justo ahí no me acuerdo de ti. Tampoco miro el teléfono porque no quiero que me escribas. Lo miro por si me ha escrito alguien que no seas tú.

Salgo a tomar unas cervezas con personas que no son tú y pienso “menos mal que no está él” y suspiro, suspiro aliviada, por supuesto.

Cae la noche y me acuesto en una cama que de ninguna manera me recuerda a ti, por eso duermo en el lado izquierdo, porque ya no me recuerda a ti. Y en el duermevela antes de caer rendida, me siento orgullosa porque he sobrevivido a otro día de no quererte y no pensar en ti.

No me gusta el café

Cuaderno de pensar, Una serie de insignificantes detalles

nieve y té

Alguien me pregunta si quiero un café. Estamos en la pausa de una reunión eterna y sólo puedo responder “sí, gracias”. Pero no es verdad, no quiero café, porque a mí, en realidad, el café no me gusta. No me ha gustado jamás. Este texto también lo está leyendo la niña de siete años que un día fui y está asintiendo con la cabeza. No nos gusta el café.

Qué vergüenza confesar también que no le encuentro el punto exacto al vino ni a la cerveza. Me he acostumbrado, sí. Incluso los pido en los bares y restaurantes por iniciativa propia. Y me sorprendo, cierto es, comprándolos yo misma. ¿Alguien quiere un tinto? Y me sirvo yo primero. Y la niña de siete años mira con desaprobación.

He aprendido a que me gusten estas cosas de adultos y mayores, pero, si doy un paso atrás para coger perspectiva, cada vez que bebo vino, cerveza o café me siento ajena. Rara. Fuera de lugar. Jugando a ser mayor. Como cuando en un recreo de sexto de Primaria le sujeté el cigarro a Carlota y creyeron que la que fumaba era yo.

De nada sirvió negarlo entonces y, mucho me temo, de nada servirá negármelo ahora.

El rancho de botellas de Elmer

Carretera y manta, La belleza de las personas
elmer art noir-1

Era sábado por la mañana en el desierto del Mojave, conducíamos por la antigua ruta 66 desde Los Ángeles en dirección a Las Vegas y teníamos varias paradas programadas. Veinte minutos antes de llegar al rancho, decidí leer en voz alta lo que la guía decía del lugar: “La pasión de un hombre por crear algo único. Se trata de un bosque de botellas, es decir, grandes tuberías de metal con botellas colgando de ellas. Situado en la ruta de las rutas, justo en el corazón del desierto de California”.

Todo ello era cierto, pero nada mencionaban en la guía sobre el propio Elmer. No me planteé la posibilidad de conocerlo hasta que no tuve que elegir el objetivo para la cámara de fotos. Al final, no sé muy bien por qué, elegí el 50 mm, mi favorito para retratos.

A golpe de Olivetti

Olivetti, Una serie de insignificantes detalles

olivetti-4Este texto no empieza en la primera línea, empieza en 1982, cuando mi padre se matriculó en un curso de mecanografía que abandonaría unos meses después. Compró ex professo en Madrid una máquina de escribir Olivetti DL Lettera de color negro con una funda gris que fue, junto con el tocadiscos y la cámara de fotos de mi abuelo, uno de los tres tesoros de nuestra casa. No tengo un recuerdo nítido de la primera vez que mi padre me dejó apretar una o dos letras, sólo sé que siempre estuvo allí, en el armario grande del salón.

Vivíamos en un piso de tres habitaciones y, como mi hermana y yo compartíamos cuarto, la tercera habitación se reservó como salita de estar. Al salón grande, brillante, limpio y luminoso sólo entrábamos los domingos por la mañana o en las celebraciones familiares. Sonaban los vinilos y el sol brillaba al otro lado de la ventana. Era entonces cuando le pedía hasta la súplica a mi padre que sacara la Olivetti para que me dejara escribir mi nombre con ella. Debía de tener alrededor de nueve años cuando mecanografié mi primer relato.